NADERÍAS (III)

        Fernando Llorente es profesor de Filosofía en el Instituto José Mª Pereda de Santander. Es autor de relatos breves, unos inéditos , otros publicados en las páginas de cultura de periódicos regionales, así como en la revista Altazor. En 1982 obtuvo el premio de narrativa "Plaza Mayor", convocado por la Casa de España de París. Ha colaborado en las revistas de la Universidad de Cantabria, El Obelisco y Catacumba. Tardíamente, en 1990, se inició en la poesía, su último libro es "La hora sagrada del reposo" (1998).

        Aquí recogemos estas máximas-naderías inéditas para que nos acompañen en las horas de reflexión

 
 
  


 
 
 
 
 

 

 
46. A partir de un hueso, un fémur pongamos por caso, encontrado por azar en el curso de una excavación, los paleontólogos, buscadores de vestigios históricos, reconstruyen en su totalidad el esqueleto que siglos atrás, revestido de carne y atravesado de sangre, dio cobijo a un corazón con latidos de amor. Simétricamente, hoy, una mirada pongamos por caso, encontrada por azar en el curso de un paseo, es la pieza que nos permite a nosotros, buscadores de vestigios vitales, revelar un amor mecido en los latidos de un corazón, el nuestro, albergado en un esqueleto revestido de carne y atravesado de sangre, del que siglos más tarde los paleontólogos hallarán un hueso, un fémur pongamos por caso, incluso el corazón fosilizado. Pero nunca hallarán el fósil de una mirada, de un latido, de un amor. 
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47. La memoria es el cementerio en cuyas tumbas descansan personas, acontecimientos y relaciones que son la sustancia, el alma de nuestras vidas; su cuerpo, su apariencia, las palabras, con las que las transportamos de un tiempo a otro, reposan en las tumbas abiertas al efecto en otro cementerio, el diccionario. Con frecuencia, la dificultad de dar con las palabras capaces de corresponderse fielmente con los acontecimientos tal como acontecieron, con las personas tal como fueron, con las relaciones tal como se desarrollaron, hace imposible que nuestras vidas resuciten con los mismos cuerpos y almas que tuvieron: o permanecen en sus tumbas como mitos o salen de ellas como zombis. 
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48. Excavando -a fuerza de miradas, palabras, gestos, silencios, detalles- profundizamos en el ser de la persona que amamos con el objetivo de sacar el nuestro a la superficie. Aunque nunca se llega hasta el fondo, cuando nos damos cuenta del daño que esa operación insistente causa al amor ya es demasiado tarde. 
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49. La ironía es la gracia de la inteligencia, pero sin unas gotas de cinismo no tiene chiste. 
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50. La soledad no se soporta: se la explota y se vive de ella. Es la única puta de lujo que exige un chulo. 
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51. La necedad de muchos alcanza cotas difíciles de superar cuando multiplican su ignorancia considerando tonterías todo aquello que no consiguen comprender. Hay muchos más tontos que tonterías. 
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52.  Se equivoca La Rochefoucauld: si los enamorados no se aburren de estar juntos es porque siempre hablan de los demás. Tan pronto como hablan de sí mismos empiezan a no soportarse. 
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53. Cuando estamos en situación de disponibilidad amorosa parece como si nos moviéramos por las calles como taxis libres en tarde lluviosa, y descubriéramos que, a pesar de la meteorología, todos los taxis circulan libres, sin que nadie alce la mano para ocuparlos. 
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54. Si no nos consideramos culpables no es porque seamos inocentes, sino porque no hay inocentes. 
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55. ¿El proyecto de una vida sin proyecto será también un proyecto que te lo vivan otros? 
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56. No sé si moriré sin darme cuenta. De lo que estoy seguro es de que moriré sin querer, aunque lo esté pidiendo a gritos. 
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57. No puedo dejar de percibir en los muertos un cierto gesto de decepción. Lo que no sé es si lo provoca el antes o el después. 
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58. Nos hacemos la ilusión de que jugamos con las palabras, cuando en realidad estamos en sus manos. 
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59. A menudo buscamos la verdad donde no está, como si estuviera en alguna parte. 
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60. La belleza reclama ser tocada, pero en cuanto es tocada se desvanece ante nuestros ojos. Por eso, para permanecer debe mantenerse a distancia y ser (ad)mirada. 
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61. La belleza revestida, lo mismo da que de soberbia o de humildad, se convierte en un monstruo. Cualquier maquillaje la estropea 
62. Soy esclavo de la belleza y, desde la distancia que me exige, empleo mi vida en servirla con esmero por ver si se me rinde. Y ya falta poco: de vida, no para que se me rinda. 
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63. No tener opinión y desoír la que los demás tengan de mí hasta llegar a ser un perfecto desconocido. 
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64. Afuera, las montañas reciben displicentes la caricia fugaz de las nubes que, a su contacto se rompen y desvanecen. Adentro, en la chimenea, el fuego, diligente, lame con insistencia y voluptuosidad los leños hasta consumirlos en ceniza. En medio, yo, no sé si montaña que quiere ser leño o leño que quiere ser montaña. Quizá sólo rescoldo que no quiere ser ceniza. 
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65. Cada vez que nos miramos al espejo y reconocemos en él a alguien que nos reconoce, fundamos el principio de armonía y recuperamos fugazmente la inocencia del Paraíso. Es un instante que ocurre pocas veces. 
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66. Como sólo vas a la estación a esperar la llegada del tren en el que regresan personas conocidas, no sabes que en todos los trenes llega a la ciudad una persona desconocida con la que no te encuentras, quien, al cabo de un tiempo, vuelve a tomar el tren, sin que nadie la despida, porque no te encontró. 
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67. Me he creído roca resistente a las embestidas de las olas, cuando no soy más que arena seducida por su espuma. 
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68. Entre la niñez y la vejez nos disputamos una edad de nadie. 
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69. Desde que supe la idea que de mí tienen quienes dicen conocerme bien, se me ha acrecentado la curiosidad que siempre he tenido por saber cómo me ve el perro del vecino cuando nos cruzamos de vez en cuando, y me mira con mirada amarilla. Apostaría por que me conoce mejor. 
 
 
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